Todo era celeste, las casas, las calles, los árboles, el pasto, las cortinas de las ventanas, las ventanas, los policías, los autos, los viejitos, la cancha de bochas, el pajarito que estaba sobre el cable del teléfono, el cable del teléfono, el barrilete, los chicos, la pelota, las pantorrillas, las madres, los empleados del banco, el banco, los perros, el hilo que cayó de la camisa de aquél señor de pantalón celeste, el agua del lago, la fábrica, los obreros, las mariposas, los ventiladores, las fotos, la llave inglesa, los libros, el hospital, las toallas, los elefantes, los lápices, el puente, los globos, las latas, el mate, los diarios, los semáforos, el museo, los sapos, la música, el presidente, los aviones, la tierra, las manzanas, los platos, los anillos, los lunes, las cajas, las máscaras, el peluquero, la radio, los hongos, los mapas, las tuercas, los generales, los cerdos, el vino, las sillas, los programas de televisión, la alegría, los almohadones, el desodorante, las medias, los enanos, la tristeza, las hipotecas, el norte, los Gutiérrez, las ideas. Todo era celeste.
En medio de todo eso, estaba él. Revolucionario, inteligente, con una mirada profunda y a la vez arrogante. Cuestionado y perseguido, humillado y ultrajado, insensatamente maltratado. Está colgado en la plaza, es exhibido, abrigado con lo que fue el motivo de su condena, a modo de cruel y primitiva enseñanza. Su cuerpo ya fue ganado por el frío de la muerte, sin embargo, todavía lleva puesta su campera negra.